La conmovedora historia del “ángel donador” que toda una ciudad despidió con globos rojos, como a él le gustaban

Sociedad 02 de septiembre de 2020
Nicanor Tabarez tenía 4 años y, tras su muerte sorpresiva, sus padres decidieron donar sus órganos, que fueron a dar vida a cinco niños.
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Eran casi las 7 de la tarde del lunes 24 de agosto en Concepción del Uruguay. Danilo Tabarez llevaba de la mano a su hijo Nicanor, que el 28 de mayo había cumplido cuatro años. Era el chico vivaz de la familia, simpático, extrovertido, que sorprendía a los adultos por su interés en conversar y por las respuestas que daba.

Fanático de los superhéroes, especialmente del Hombre Araña, Superman, el Capitán América y del Increíble Hulk, por las dudas advertía al padre:

-Mirá papi, que yo no tengo superpoderes, eh…

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“No te dicen a quiénes fueron los órganos, pero sabemos que el hígado y los riñones iban para chicos que estaban en alerta roja en el Garrahan. Ese mismo jueves salieron para Buenos Aires”, contó el papá a Infobae, interesado en que se conociera la historia de su hijo y de la importancia de donar. Las córneas de Nicanor fueron al banco provincial y seguramente pasaron a mejorar la calidad de vida de chicos, de los que nunca se conocerán sus identidades.

Danilo y Cintia -los dos de 38 años, él licenciado en Nutrición y profesor en la facultad, ella maestra de escuela primaria-, sacaron fuerzas que no creían tener. “Es que en el momento en que recibís la noticia más mala, la peor que te pueden dar, ahí mismo tenés que tomar la decisión. No es bueno aferrarse a la muerte y cerrarse en el dolor”. Nicanor era su primer hijo; tienen a Amelia, de nueve meses.

Globos rojos para el adiós

El viernes por la mañana, la pareja regresó a Concepción del Uruguay en una ambulancia, acompañando los restos de su hijo. Sabían que por la pandemia no iba a poder ser velado, pero algo debían hacer.

Acordaron con la empresa de servicio fúnebre realizar un recorrido por todos los lugares que le eran familiares a Nicanor: su casa del barrio Sarmiento, que queda a la vuelta del club, el jardín de infantes, la Escuela N° 4, la casa de sus abuelos, esos espacios de la infancia que nunca logran borrarse de la memoria, no importan los años que pasen.

Y pidieron, a los que quisieran, que lo despidiesen con globos rojos, que eran los que a él le gustaban. A pesar de la emoción, los padres recomendaron respetar el distanciamiento social.

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Ellos querían que quedara una sensación de despedida alegre. “Es que él era eso: mucha luz y alegría”, explica su papá.

Se armó una caravana de más de dos kilómetros de autos que lentamente lo acompañaron en su último recorrido. Los que aguardaban el paso del cortejo, aplaudían y coreaban su nombre. Muchos lo conocían, si hasta se ponía detrás del mostrador del negocio del abuelo, jugando a que atendía a los clientes. De las casas y en los centros de salud también colgaron globos de colores. Su historia había pegado muy en lo profundo del corazón de la gente y logró movilizar a toda una ciudad.

Para muchos, Nicanor es “el ángel donador” aunque él, desde el Cielo, debe preferir ser el superhéroe con muchos más poderes de los que alguna vez imaginó tener.

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