René Favaloro a 20 años de su trágico final

Sociedad 29 de julio de 2020
El adiós a la mujer que amaba y un disparo en el corazón
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Como era su costumbre, aquel 29 de julio de 2000, pese a ser sábado, René se levantó temprano a la madrugada. Cerca de las nueve y media, cuando se despertó Diana (NdR: Truden, su pareja, 31 años), desayunaron juntos. La situación crítica de la Fundación Favaloro impregnaba todo. Él le mostró apesadumbrado la lista del personal que iba a recibir telegramas de despido en pocas horas más. Ella buscó distraerlo hablándole del casamiento: le dijo que se había probado el vestido de novia y le recordó que, por la tarde, tenían que terminar de definir la lista de invitados. Le cocinó algo liviano porque el doctor quería bajar de peso: no había surtido efecto el intento de convencerlo de que sumara a su rutina una dosis de actividad física.

René le había pedido que aprovechara ese fin de semana para mudar algunas de sus cosas de su departamento, y hablaron de eso durante el almuerzo. Ella le contó que ya tenía todo arreglado con su hermano Pedro Andrés, cinco años mayor que ella, quien la iba a pasar a buscar para ayudarle.

–Yo me voy a La Plata –le recordó el médico.

Supuestamente iba a ver a su sobrino Coco para ultimar detalles de los preparativos del casamiento. Se despidieron. Diana fue hasta su casa, llenó dos valijas con ropa y desconectó la computadora. Su hermano la fue a buscar a las cuatro de la tarde, cargaron las cosas y se dirigieron al edificio de Dardo Rocha 2965. Favaloro esperó a quedarse a solas para cerrar la puerta de servicio. Dejó la llave puesta. Era el único acceso a la casa por donde podían ingresar las únicas personas que tenían copias de la llave: Diana y su empleada doméstica, Ramona Jiménez, que estaba de franco.

Entonces preparó el escenario. Se afeitó, se bañó; se puso el pijama y escribió la última carta y dos notas con indicaciones precisas. Después, se paró delante del espejo del baño. Observó por un instante el abismo de su alma y, apoyando el revólver sobre el corazón, disparó. El impacto impulsó el cuerpo hacia atrás y, al desplomarse, la cabeza golpeó contra la puerta. Todo había terminado. Nadie lo advirtió. Solo una adolescente que vivía en el piso de arriba dijo haber escuchado un “fuerte ruido a lata”.

Diana y su hermano llegaron al departamento a las 16.45. El Peugeot 505 azul de René estaba en la cochera. Si bien tenían una copia de la llave de la puerta de servicio, primero tocaron el timbre. Nadie respondió. Cuando quisieron abrir notaron que había otra llave puesta desde adentro. Llamaron al celular pero no hubo caso: solo pudieron dejar un mensaje de voz en el contestador. En ese momento, la mujer pensó que René se había quedado dormido y que les iba a costar despertarlo. Bajó a preguntarle al encargado del edificio, Miguel Ángel Rossetti, si había visto al doctor. La atendió su hijo Adrián y le dijo que no.

Después de un rato de probar distintas maniobras lograron quitar la llave e ingresar en el departamento. Fueron directamente al dormitorio pero no encontraron a René. Vieron que en uno de los baños, que tenía la puerta apenas abierta, la luz estaba encendida. Cuando quisieron entrar notaron que algo obstruía el paso. Pedro empujo la puerta y alcanzó a ver a Favaloro tendido en el suelo en medio de un charco de sangre. Diana comenzó a gritar. Su hermano buscó tranquilizarla. Se comunicaron con la fundación y pidieron que enviaran la ambulancia de la guardia. El teléfono de Roberto estaba fuera del área de cobertura. Después se supo que René también había intentado llamarlo sin suerte durante aquella tarde fatídica.

Los gritos de Diana alertaron al portero, que dio aviso a la policía. El alboroto también llamó la atención de Alberto Víctor Lapicki, un empresario que vivía en el mismo edificio, quien bajó por la escalera de servicio y encontró la puerta abierta. Al ver lo que estaba sucediendo, subió a su casa y regresó con un cortafrío con el que logró desarmar la puerta del baño. Había pasado poco menos de media hora del hallazgo cuando llegó Luis María de la Mata, el médico de guardia de la Fundación Favaloro, quien antes de ingresar en el baño se detuvo unos segundos para mirar la escena con atención. Vio el arma dentro del lavatorio y la sangre cubriéndolo todo. El cuerpo estaba con la cabeza bajo el umbral de la puerta y las piernas flexionadas.

–No hay nada que hacer. Se pegó un tiro certero –dijo De la Mata después de constatar la ausencia de signos vitales en el cuello, la ingle y la muñeca.-

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